
No se equivoquen, este es un cuerpo sediento de venganza.
The evening before the play, I’m talking to my mom on the phone. She’s 77 and living on a tiny pension she earned working as a secretary for 25 years. It’s just barely enough to cover rent in a studio apartment, owned by a bloated multinational conglomerate in the U.S. I worry about her. I miss her.
I tell her I’m going to see a play to write a review for which I won’t get paid. I tell her I’m considering not going, and spending that time looking for a job that pays. I tell her the play is called “Mi madre y el dinero.” She laughs and says, “Oh boy, that should be interesting! You better go and tell me all about it afterwards.”
Bueno, mami. Pues, aquí te cuento:
Esa noche, saliendo del metro de camino al espectáculo, paro para comprarme un chocolate—you know my favorite, un KitKat. La señora mayor del colmadito ahí en la estación Place des Arts, seguramente una inmigrante, me imagino una madre y tal vez abuela, cuya lengua materna no es ni francés ni inglés, me exige tres dólares. ¡Qué inflación, Dios mío!
Lo pago, y siento vergüenza de no tener la disciplina para no gastar dinero fuera de las necesidades. De repente, oigo tu voz, mami: “¡Cómo exageras, muñeca! Déjate un dulcecito.” Y tienes razón. De todas maneras, voy al gran teatro de Montreal gratis esta noche, porque les prometo escribir este ensayito.
Llego frente al teatro con una sed fuerte. Estoy temprano, y busco un baño en los pasillos elegantes de Place des Arts para llenar mi botella de agua. No veo ninguno, y pregunto a los dos trabajadores del festival de teatro que están ahí.
Me preguntan: “¿Tienes billete para el espectáculo?”
“Sí.”
“Muy bien, puedes entrar. Hay un baño adentro—¡es todo incluido!”
Me doy cuenta de que es mi primera vez entrando en una de estas salas. Claro, los billetes regulares cuestan $52, imagínate. Al principio, no entiendo cómo hay un baño dentro el teatro. Doy mi billete al ujier, y entro en un gran salón anterior con tapete elegante, sofás mullidos, un bar con venta de cócteles, y si–baños segregados por género. No me sorprende el lujo, pero lo había olvidado.
Noto que la mayoría de personas en el salón son gente de mayor edad, y blancxs. Pero sí, oigo el español también. Finalmente, después de tomar agua, encuentro mi asiento al lado de un señor mayor con su esposa. Te cuento, el señor va a dormir mucho durante el programa. Y yo, reír y llorar—mientras me atiborro de chocolate.
Lo que sigue es difícil de decir. No porque no estaba claro. Pero porque me ha tocado tan profundamente.

Hay música tocando, y veo algunos blanquitos imitando lo que tal vez imaginen es el baile con mucha risa. Josefina Orlaineta, interpretándose a sí misma con una increíble versatilidad, sube al escenario con su hijo, Anacarsis Ramos. Ella empieza a cortarle el pelo. Así es, con la peluquería, que comienza la historia sobre la multitud de trabajos que Orlaineta tuvo en su carrera de supervivencia. Ella me recuerda a ti, su espíritu trabajador de seguir adelante y su pragmatismo respecto a la necesidad del dinero en este mundo.
Más tarde, Ramos nos cuenta la historia colonial del pueblo donde viven, Campeche. De cómo los inversores extranjeros han explotado la tierra durante generaciones, aprovechándose de ella, mientras las personas que pertenecen a la tierra son despojadxs de cualquier parte de ella, y sufren violencia a diario.
Aprendemos que mientras que Orlaineta tuvo que interrumpir sus estudios de antropología, Ramos pudo estudiar porque su madre insistió en que leyera. ¿Te suena familiar? Se nota que Ramos está entusiasmado por hablar de la violencia que vivieron de una manera un tanto clínica, explicando su estructura social, histórica y económica.
A veces parece que Ramos no se divierte en el escenario, y que su madre intenta compensarlo y añadirle un toque de humor—y esa tensión en sí misma también es graciosa, y me recuerda a nosotros. Al fin y al cabo, es el debut de Orlaineta como actriz. Así que es comprensible que no quiera que sea algo tan personal y trágico. Espero verla en muchos más papeles, aunque también entiendo el deseo de Ramos.
Orlaineta se muestra reacia a hablar de sus experiencias más difíciles. Son tristes, dice. No quiere dar la impresión de que no hubo momentos de alegría. Me pregunto si le preocupa más la imagen que proyecta al público. Porque parece que ha sido muy sincera con su hijo; Ramos nos dice que durante los ensayos ella le preguntó si podía decir en el escenario que había tenido una vida de mierda. Oigo tu voz otra vez: “Una vida de mierda.”
El público se ríe un poco de estas palabras, quizás imaginando a esta menuda figura materna usando lenguaje soez. No pueden imaginar la profundidad de la rabia tras sus palabras, viniendo de un cuerpo como el suyo. El cuerpo de una mujer latinoamericana mayor, la misma que les enseña a cocinar chorizo al estilo de su pueblito en YouTube. O mejor aún, se lo prepara y se lo vende barato, como si les estuviera haciendo un favor. (O, en tu caso, mami, complacer los caprichos de los peces gordos como secretaria y no recibir nunca un ascenso.)
Hay algunos momentos así, en los que el público se ríe de ella, sin ninguna intención de hacer bromas. No la reconocen. Pero tú y yo conocemos esa rabia muy bien, ¿verdad, mami? No se equivoquen, este es un cuerpo sediento de venganza.
Parte de lo que me conmovió tanto es que no es solo una obra de teatro sobre Orlaineta, o de la maternidad impregnada de una violencia de la pobreza fabricada. Es también una obra sobre Ramos. Sobre los niñxs criados por padres que nos mostraron lo que significa cargar y esconder la vergüenza, en nuestros cuerpos. Como en una sonrisa educada en público que esconde nuestros sufrimientos, para que lxs culpables no se sientan tan mal.
¡Qué poderosa, la vergüenza!
Lo más increíble de este formato documental es que funciona, al menos, en tres niveles. Durante la obra, Ramos afirma que trabajar codo con codo con su madre para contar su historia es sanador para su propia relación personal. Para la minoría del público que se identifica, él nos muestra que la vergüenza del fracaso de este sistema de capitalismo patriarcal y racista no nos corresponde cargar solxs. Y finalmente, el hecho de que se deshagan públicamente de su vergüenza personal invita a quienes no comparten esa experiencia a hacer su parte y devolverle a la vergüenza su papel como experiencia colectiva para impulsar el cambio radical.
Mire, la historia de Ramos y Orlaineta es diferente de la nuestra, mami. Ellos vienen de una ciudad pequeña en México. Mami, tú naciste en la capital de Colombia y tuviste el privilegio de irte a los Estados a los seis años con papeles. Yo crecí casi totalmente asimilada a la cultura estadounidense, lejos de cualquier recuerdo colombiano. Hay diferencias importantes entre nuestras historias, y no quiero borrarlas.
El término "latinx" es tan amplio que a veces puede resultar incómodo, incluso peligroso, abusar de él. Pero sentí que Ramos y Orlaineta tocaron a una raíz de la feminidad y la clase latinx que me conmovió profundamente. Este momento quedará grabado en mi memoria como un instante de conexión con esa idea, a veces distante, de "conciencia colectiva" propia de mi herencia latinoamericana. Estos momentos han sido muy escasos en mi vida, así que les agradezco enormemente que me hayan tendido la mano.
Al final, Ramos lee una carta a su mamá, que dice que quiso hacer esta obra con su madre porque quería contar una historia más amable sobre su así llamado “vida de mierda.” Ojalá hubieras podido estar ahí conmigo, mami. Ojalá hubiera podido tomar tu mano mientras Ramos y su madre estaban juntos en el escenario, y él le leía la misma carta que te debo yo. Una carta que deja claro:
No es tu culpa. Y que se joda sinceramente cada persona, cada nación, y cada institución de mierda que te ha hecho sentir que sí lo fue. Te vemos, y agradecemos todo lo que han logrado hacer con lo que tuvieron. Tu historia es una maravilla.
Que la vergüenza, con la ayuda de artistas bien compensados, siguen mostrándonos el camino a la revuelta.
Con rabia y amor,
hijx de la pinche lucha

Mi Madre y El Dinero, produced by Pornotráfico, was performed at Place des Artes, as part of Montreal’s Festival TransAmerique from June 6-10, 2026. You can find more information here.

About DanielleDanielle is a writer and editor based in Tiohtià:ke.
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